Todo el verano, los niños de la casa detrás de la nuestra pasaban horas columpiándose en su hamaca. Su ruidosa hamaca. Quejándome, le pregunté a mi marido por qué sus padres no engrasaban el columpio. Sin embargo, al orar al respecto, noté un cambio en mi corazón. Pude ver la risa y el gozo de los niños que surgen de la confianza que hallan en el patio de su familia, y de tener a padres cercanos a los que pueden llamar.
Jesús habló de esa confianza de los niños. La gente llevaba a sus hijos a Jesús para que los bendijera, pero sus discípulos, molestos, regañaban a los padres y los reprendían (Marcos 10:13).
Al ver esto, Cristo «se indignó» (v. 14). «Dejad a los niños venir a mí», les dijo, «y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios». Y añadió: «el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él» (vv. 14-15).
Ya se lo había enseñado a sus discípulos cuando discutían quién de ellos era el más importante. En otra ocasión, tomando a un niño en brazos, Jesús dijo: «El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí» (9:37). Demostrando esa misma idea, «tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía» (10:16). Qué hermosos recordatorios para ser como niños en nuestra confianza en Jesús.







