Pedro empezó a seguir a Jesús a los 50 años. Había sido un hombre airado y vengativo que lastimaba a quienes lo rodeaban. Tras ser discipulado en su iglesia, sintió remordimiento por su pasado. «Ahora tengo menos años por delante que los que tengo detrás —dijo—. Quiero vivirlos bien. Pero ¿cómo?».
Pedro encontró su respuesta en una fuente impensada: una genealogía. Al leer el relato de Moisés sobre el linaje de Adán, notó que una frase se repetía para describir a sus descendientes: «Y fueron todos los días de […]; y murió» (ver Génesis 5:8, 11, 14, 17, 20, 27, 31). Pero a un hombre se lo describía distinto.
De Enoc, decía que «anduvo fielmente con Dios» (vv. 22, 24). Se acercó a Dios, y así pasó su vida en la tierra. Por su fe, «tuvo testimonio de haber agradado a Dios» (Hebreos 11:5). Confió firme y permanentemente en quién era Dios y lo que haría por los que lo buscaran (v. 6). Demostró su confianza en el Todopoderoso al obedecerlo y actuar conforme a ello. Y tal fue su fe que Dios no dejó que experimentara la muerte física (v. 5).
La respuesta a la pregunta de Pedro sobre cómo vivir bien su vida fue: «Andando fielmente con Dios».
Nuestra vida terrenal no tiene que resumirse en un número, sino en nuestra fe, lo cual permite que Dios obre de formas que no podemos enumerar.



