«¿Por qué lloras?», preguntó un voluntario de un ministerio cristiano de ayuda humanitaria que atendía a personas cuyas casas habían sido destruidas por el huracán Helene. La mujer, que había estallado llorando momentos antes, respondió: «No lloro porque perdí todo. Lloro porque el amor acaba de aparecer».
El corazón de Dios se manifiesta en su deseo de que ayudemos a los necesitados. Cuando Moisés le entregó al pueblo de Israel las instrucciones de Dios antes de entrar en la tierra prometida, dijo: «no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y […] le prestarás lo que necesite» (Deuteronomio 15:7-8). Su corazón debía reflejar el de Dios: «no serás de mezquino corazón cuando le des» (v. 10).
Ya sea en catástrofes o en la vida cotidiana, cuando damos a los necesitados por las bendiciones que Dios nos ha concedido, manifestamos el amor de su Hijo, quien vino «a dar buenas nuevas a los pobres» (Lucas 4:18). De hecho, Dios promete bendecir, tanto en esta vida como en la venidera, a quienes compartan su generosidad con otros (Deuteronomio 15:10; ver Lucas 14:14). Aunque no podemos ver a Dios todavía, otros pueden vislumbrarlo cuando imitamos su compasión. Que su amor aparezca hoy a través de nuestra bondad.



