Durante una fiesta de cumpleaños, la pequeña Mia, de cinco años, disfrutó jugando, cantando «Cumpleaños feliz», comiendo y viendo a su amiga abrir regalos. Cuando todos salieron a jugar, dijo: «Mamá, ya me quiero ir». Agradecieron a sus anfitriones y, al salir, la mamá le preguntó qué le había gustado más. «Irme», respondió. Sonriendo, se quedó dormida antes de que doblaran la esquina.
Aunque no siempre nos damos cuenta, todos necesitamos descanso físico, mental y emocional. Dios también nos da reposo divino cuando aceptamos tanto la buena noticia de la salvación en Cristo como el descanso espiritual diario, a medida que el Espíritu nos da poder para vivir para Cristo por fe. Los que confían en Dios pueden depender de su presencia interminable, su poder ilimitado y sus promesas inmutables. Salvos por la obra de Cristo en la cruz, podemos descansar en la paz de su suficiencia (Hebreos 4:1-4) y experimentar el reposo divino como una garantía cumplida eternamente, ahora y cuando Jesús vuelva (vv. 5-8).
«Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas» (v. 10). Entonces, seguros en Cristo, podemos disfrutar de una vida llena de esperanza, entrega y obediencia amorosa. Solo Él puede brindarnos un descanso renovador, ayer, hoy y siempre.



