Me esforcé para entrar en la tienda a comprar una tarjeta por el Día del Padre. Ya había perdonado a mi padre, tras haber procesado en oración las heridas que me había causado antes y después de irme de casa a los quince años. Lamentablemente, décadas después, aún no podía identificarme con las tarjetas que expresaban gratitud hacia «el mejor» de los padres. Desesperada por honrar a mi Padre celestial, me quedé allí y oré por mi padre terrenal.
Desde Adán y Caín, pasando por David y Absalón, y hasta mi padre y yo, el pecado ha causado conflictos y angustias generacionales. Aun así, Pablo alentó a los hijos a obedecer a sus padres «en el Señor […], porque esto es justo» (Efesios 6:1). Honrarlos es un mandamiento con promesa y recompensa (vv. 2-3). A su vez, los padres son llamados a criar a sus hijos para que conozcan y amen a Dios (v. 4). El pueblo de Dios está diseñado para servirse mutuamente «de corazón, […] como al Señor y no a los hombres» (vv. 6-7).
Sin importar cuál sea nuestra relación con nuestros padres, podemos agradecer a Dios por las personas que Él eligió usar para darnos vida, y orar para que experimenten una relación transformadora con Cristo. La oración que conduce a Jesús es un regalo de amor y honra que puede cambiar relaciones y vidas.







