Una compañera de trabajo me llamó por teléfono para hablar de un tema. Me preguntó cómo estaba, y le conté que tenía una dolorosa sinusitis y que la medicina no estaba funcionando. Entonces, me preguntó: «¿Puedo orar por ti?». Acepté, e hizo una breve oración pidiéndole a Dios que me sanara. Le dije: «A veces me olvido de orar. Estaba tan enfocada en el dolor que no acudí a Dios».
Esa confesión me llevó a reflexionar sobre en qué me enfoco: ¿en mis problemas y dificultades o en Dios? Ese día, solo pensaba en el dolor. Pero Isaías 26:3 nos recuerda que, cuando mantenemos nuestra mente enfocada en Dios, nuestro sanador y sustentador, encontramos paz: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado». Aunque el dolor no desaparezca de inmediato, o quizá nunca en esta vida, el profeta nos recuerda confiar en Aquel que es fiel y capaz de proveer lo que necesitamos (v. 4).
Este pasaje de Isaías les señalaba a los israelitas las promesas de Dios durante y después de su exilio. Ellos volverían a cantar alabanzas a Él cuando se aferraran a su fe y esperanza en su provisión (vv. 1-2). Las palabras del profeta también nos recuerdan que, sea cual sea el dolor que enfrentemos, podemos hallar consuelo al enfocarnos en Dios y clamar a Él.



