Al menos aprobó, pensó Julio. Había ayudado a su hijo con matemáticas, pero entre las tareas del hogar y el trabajo extra que su jefe le había asignado, estudiar juntos había sido difícil. Desanimado, pensó en su esposa fallecida: Lisa, tú sabrías qué hacer. No soy tan buen guardián del hogar como lo eras tú.

A una escala mayor, tal vez ese mismo desánimo sintió Zorobabel. Dios lo había llamado para liderar a los israelitas en la reconstrucción del templo. Cuando colocaron los cimientos, «muchos […] que habían visto la casa primera […] lloraban en alta voz» (Esdras 3:12). El recuerdo del glorioso templo de Salomón reapareció frente a aquella estructura más pequeña. El nuestro no es tan bueno, quizá pensaron todos.

Dios les dijo que se esforzaran, y agregó: «mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis» (Hageo 2:5). Zorobabel podía cobrar ánimo con la presencia y la guía de Dios (v. 5). Además, prometió: «La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera» (v. 9), apuntando al momento en que Jesús mismo visitaría el templo (Juan 2:13-25).

Tal vez nos frustremos en las tareas que Dios nos encomienda, comparando nuestros resultados con los de otra época. Pero debemos enfocarnos en su plan para este tiempo; la obra y su propósito son suyos, no nuestros.

De:  Karen Huang

Reflexiona y ora

¿Qué tarea te ha dado Dios? ¿Cómo puedes enfocarte en Él mientras la llevas a cabo?
Dios, ayúdame a cumplir con lo que me encomendaste.