Hace poco, viajé a Los Ángeles y tuve que arrendar un coche. Al rato, estaba conduciendo por calles del centro llenas de tráfico y gente. Me encontré haciéndolo con mucho cuidado. ¿Por qué? Bueno, no quería tener un accidente. Pero, en realidad, no quería dañar mi auto arrendado. Después de todo, no era mío.
Mientras conducía, no pude evitar pensar que alquilar aquel coche ilustraba algo importante sobre mi relación con Dios.
Las Escrituras nos enseñan que ni siquiera nuestro cuerpo —del que podemos pensar que somos dueños— nos pertenece. En una conversación más amplia sobre el pecado sexual en 1 Corintios 6, Pablo concluye: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» (vv. 19-20).
Lo admito, es difícil comprender del todo que mi cuerpo no es mío. Aun así, Dios nos llama a honrarlo con él. A cuidar nuestro cuerpo. A darnos cuenta de que somos administradores —arrendatarios, si se quiere— de estos recipientes que Él nos ha dado, para que los usemos para honrar y servir a Aquel cuyo cuerpo y sangre rotos nos salvan.







