Nancy le temía al futuro. Su esposo se había desmayado tres veces durante una caminata en una zona rural, pero los médicos de un pequeño hospital cercano no habían encontrado nada mal. En un centro médico más grande, tras estudios adicionales, tampoco encontraron nada. «Tenía mucho miedo», declaró Nancy, así que, cuando dieron de alta a su esposo, le preguntó por última vez al cardiólogo: «¿Qué hacemos ahora?». Las sabias palabras que le respondió, para nada superficiales, cambiaron para siempre su perspectiva: «Vayan y vivan su vida».

Este consejo encierra la instrucción de Jesús en el Sermón del Monte, donde dijo: «No se preocupen por su vida, ni por qué comerán o qué beberán; ni con qué cubrirán su cuerpo. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?» (Mateo 6:25 RVC). No dice que ignoremos síntomas médicos ni otros problemas, sino recordar la sencilla frase de Cristo: «No se preocupen». Luego, Él preguntó: «¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida?» (v. 27 NVI).

El profeta Isaías ofreció una sabiduría similar: «Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene» (Isaías 35:4). Aquella pareja camina ahora más de ocho kilómetros por día, sin preocupación, sino gozosos.

De: Patricia Raybon