Cuando mi amiga Maritza aceptó un trabajo que requería viajar sola a varias ciudades, a menudo se sentía sola. Pero una noche, durante la cena, se inclinó hacia mí y me dijo: «Jen, oré y le pedí a Dios que me enviara a su pueblo». Poco después, comenzó a encontrarse regularmente con otros creyentes en Jesús. ¡Una vez, conoció a tres en un día!
Cuando nos encontramos con otros que tienen fe en Jesús, compartimos una conexión espiritual. De una manera difícil de explicar, esto enciende una chispa en nuestro interior. Tenemos en común lo más importante porque creemos lo que dice la Biblia sobre Cristo y cómo relacionarnos con Dios a través de Él (Romanos 10:9).
Más que nada, el Espíritu de Dios vive en cada creyente, entrelazándonos de manera tan poderosa que la Biblia nos compara a la interconexión de las partes del cuerpo humano. En 1 Corintios 12:13 dice: «por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo»: el cuerpo de Cristo.
Dios suele obrar en nuestras vidas a través de otras personas que lo aman, ya sea que estén cerca o lejos, o mediante nuevos conocidos. En nuestros momentos más solitarios, podemos pedirle que envíe a su pueblo, e incluso ofrecernos a que nos utilice para alentar a otros.



