Leticia, que limpiaba oficinas, era conocida por caminar rápido… muy rápido. Así podía evitar fácilmente a las personas. Herida por la pobreza y acostumbrada a la resignación, pasaba junto a los demás cubriéndose parte del rostro con una mano. Dijo que su vergüenza por no ser «como la gente normal, hermosa, educada» era sumamente profunda. Cuando una mujer en el trabajo le extendió muestras de amistad, Leticia comenzó a sanar.
Un hombre con lepra vivía con una vergüenza quizá más profunda que la de Leticia. Su enfermedad lo hacía repugnante y ceremonialmente impuro según la ley mosaica, lo que lo separaba de la sociedad. Sus heridas no eran solo físicas, sino también del alma y el espíritu. En esa condición, el leproso se acercó a Jesús, y le rogó: «Si quieres, puedes limpiarme» (Marcos 1:40). Estaba diciendo que lo sanara, pero que también le quitara su vergüenza.
Jesús no respondió con repulsión sino con compasión: «Quiero, sé limpio», mientras extendía su mano y tocaba al hombre (v. 41). Como la amistad que una compañera de trabajo le extendió a Leticia, el gesto de Jesús demostró que entendía todo lo que el hombre había sufrido y que lo aceptaba a pesar de todo.
Permitamos que Jesús toque y limpie lo que nos avergüenza, sabiendo que, como sus hijos, nos acepta y nos ama.