Durante la escuela dominical, mi paciencia con Pedrito, de tres años, se estaba agotando. Estaba inquieto, trataba mal a los otros niños y se negaba a estar contento, incluso cuando le ofrecíamos los juguetes más codiciados. Mi compasión se transformó en fastidio. Si insistía en ser difícil, lo enviaría de vuelta con sus padres.

Demasiadas veces descubro que mi compasión tiene condiciones. Si alguien ignora mi consejo o rechaza mi ayuda, ya no los merece. Felizmente, Dios no actúa así con nosotros. El profeta Jonás experimentó la gran misericordia de Dios después de un período de obstinada desobediencia. Le había ordenado viajar a Nínive para predicar, pero Jonás decidió ir en la dirección opuesta. Sorprendido por una tormenta terrible, quedó a la deriva en el mar y luego lo tragó un gran pez; un desastre que él mismo generó. Pero cuando finalmente «oró […] al Señor su Dios» (Jonás 2:1), Él seguía escuchándolo, listo para perdonar a su profeta desobediente. Jonás fue liberado del pez y tuvo una segunda oportunidad de ir a Nínive (3:1).

En el caso de Pedrito, una ida al parque de juegos lo consoló; una idea brillante de una ayudante con más paciencia que yo. Qué hermosa es la misericordia de Dios, que nos sigue buscando incluso en medio de nuestro propio desorden.

De:  Karen Pimpo

Reflexiona y ora

¿Por qué luchas a veces con sermisericordioso con otros?¿Cuándo has visto que el amor de Dios buscaincluso a los receptores más difíciles?
Jesús, enséñamea ser misericordioso como tú.