«No, no puedes ir al lago», le dije a mi hija mientras tenía mi cabeza bajo el fregadero, reparando una tubería. «Papá, me prometiste que después de terminar mis tareas, podría ir», me recordó. Había olvidado lo que le había prometido porque estaba distraído.

Así como mi hija hizo conmigo, el salmista le recordó a Dios sus promesas. «Acuérdate de la palabra dada a tu siervo», escribió, «en la cual me has hecho esperar» (Salmo 119:49). Felizmente, no tenemos un Padre celestial distraído ni olvidadizo. Podemos acudir a Él no solo con nuestros dolores, problemas y decepciones, sino también con confianza, sabiendo que es un buen Padre: «Este es mi consuelo en medio del dolor: que tu promesa me da vida» (v. 50 NVI).

Dios nos invita a meditar en las Escrituras para poder recordarle sus promesas; no porque Él las olvide, sino porque desea que lo conozcamos bien. Por eso, el salmista dice: «Me acordé, oh Señor, de tus juicios antiguos, y me consolé. […] Cánticos fueron para mí tus estatutos» (vv. 52, 54).

Por mi distracción, mi hija tuvo que recordarme mi promesa. Cuando lo hizo, con gusto le permití ir al lago. Podemos estar agradecidos de que nuestro Padre celestial nunca está distraído ni demasiado ocupado; le encanta oír que le oremos con sus propias palabras.

De:  Matt Lucas

Reflexiona y ora

¿Cuál es una de tus promesas favoritas de Dios? ¿Cómo le darás gracias por cumplirla fielmente?
Padre, ayúdame a recordar lo que me has prometido.