Mis primos, que vivían cerca cuando éramos niños, tenían prohibido interactuar con mi familia. Nunca asistían a reuniones familiares ni nos hablaban en la tienda del barrio. Sus padres decían que, como en ese entonces no íbamos a la iglesia, seríamos una mala influencia. ¡Qué sorpresa cuando, muchos años después, uno de ellos asistió al funeral de mi hermano mayor! Se nos acercó y, con humildad, se disculpó. Nuestra relación comenzó a restaurarse.
Jacob también necesitó un corazón humilde para reconciliarse con su hermano gemelo Esaú. Al ser el menor, complotó contra él: le robó su primogenitura (Génesis 25:19-34) y engañó a su anciano padre para que le diera la bendición del primogénito (26:34–27:40). Furioso, Esaú amenazó con matarlo, y Jacob huyó.
Años después, quiso regresar a casa, pero temía que la profunda división entre él y su hermano no se resolviera sin violencia (32:6-8). Cuando finalmente se encontraron, Jacob humildemente «se inclinó […] hasta que llegó a su hermano» (33:3). Temía que lo matara, pero, en cambio, Esaú «corrió a su encuentro y le abrazó» (v. 4).
Ya sea que hayamos lastimado a alguien o que nos hayan herido, se requiere humildad, disposición y, a menudo, mucho esfuerzo para sanar las rupturas. Pero Dios puede ayudarnos y lo hará.



