Un jueves, en el anexo de la iglesia, había sándwiches y rodajas de sandía esperando ser consumidos por los familiares y amigos del difunto sentados en sillas plegables de metal colocadas sobre una alfombra manchada. Fue un funeral perfectamente normal, excepto por el predicador. Era un conocido orador que ha predicado ante estadios llenos de miles de personas. Ahora hablaba con el mismo entusiasmo en esta reunión un día de semana.
Pablo le dijo a su pupilo Timoteo: «Predica la palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; […] cumple con los deberes de tu ministerio» (2 Timoteo 4:2-5 NVI). Todos los deberes. No solo los grandes que se llevan a cabo en grandes escenarios con luces brillantes, sino también los deberes cotidianos entre semana. Los mensajes que no se grabarán ni emitirán durante generaciones. Las tareas que pocos notarán. Haz todo esto bien.
Porque alguien está mirando. Pablo le dijo a Timoteo que servía «delante de Dios y del Señor Jesucristo» (4:1). Puede que tu plataforma sea pequeña, pero tu público no podría ser más importante. Jesús espera expectante tu servicio. Hazlo por Él, confiando en el poder de su Espíritu. Él será honrado cuando ministres humilde y fielmente a otros.







