«Alzo mis ojos; ensombrecidos por la pena, no veo las colinas que perduran», escribió la poetisa Christina Rosetti en su conmovedor poema Una mejor resurrección. Allí describe que se siente «insensible al temor o a la esperanza». Pero se aferró a una esperanza más profunda que su desesperación. Aunque no veía «brote ni verde» que apuntara a la obra renovadora de la resurrección de Cristo en su vida, confesó: «Más se alzará»; y oró: «Álzate en mí, Jesús».

En 2 Corintios, Pablo también describió haber experimentado un sufrimiento «más allá de [sus] fuerzas, de tal modo que aun [perdió] la esperanza de conservar la vida» (1:8). Pero descubrió que su desesperación le enseñó a encontrar su esperanza solo en «Dios que resucita a los muertos» (v. 9).

También aprendió que, mientras llevamos el tesoro del evangelio en los aún imperfectos «vasos de barro», nuestros cuerpos, la esperanza de la resurrección de Cristo resplandece para revelar «que la excelencia del poder [es] de Dios, y no de nosotros» (4:7).

Este mismo giro ocurre en el poema de Rosetti. Al elevar su corazón quebrantado hacia Dios, su oración se convirtió en un deseo de que los fragmentos de su vida fueran arrojados «al fuego» para ser transformados en una ofrenda para su Rey. El poema concluye con sencillez: «bebe, Jesús, de mí».

De:  Monica La Rose

Reflexiona y ora
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