Mientras escribo estas palabras, nuestro perro Lhasa Apso, Winston, está acurrucado a mis pies. Me vio moverme desde el lugar donde estaba —la silla junto a él— hasta la mesa del comedor. Esos tres metros le resultaron demasiado lejos.
Últimamente, he estado viajando mucho por trabajo, y creo que eso lo está afectando. Apenas insinúo que me voy o uso la palabra «salir», se pega a mí.
En las relaciones humanas, que alguien sea «pegajoso» no suele ser un cumplido. Pero en la actitud de mi perro, veo un retrato vívido de dependencia confiada… similar al Salmo 63.
Allí David pinta una imagen de amorosa dependencia de Dios: «Dios, Dios mío eres tú; […] mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela», comienza en el versículo 1. Y añade: «Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán» (v. 3). Cerca del final, leemos: «Está mi alma apegada a ti; tu diestra me ha sostenido» (v. 8).
Como David —y quizá un poco como mi perro depende de mí—, quiero depender de Dios con todo mi ser, buscándolo con ansias. A veces lo hago. Otras veces, mi corazón puede estar más frío, menos confiado. Pero cuando me arrepiento de mi desconfianza y vuelvo al Señor, recuerdo que solo en Él «mi alma quedará del todo satisfecha, como si comiera los mejores platillos» (v. 5 rvc).



