Ver competencias deportivas y conocer a atletas fue un sueño hecho realidad cuando asistí a unas Olimpíadas como reportera. Me fascinaba escuchar a personas de todo el mundo hablar en distintos idiomas y aclamar a sus naciones.
Las Olimpíadas me habían fascinado desde mi adolescencia, pero se habían vuelto una obsesión. Cuando acepté seguir a Dios, durante unos Juegos de verano, sentí que Él me pedía que dejara de idolatrar el deporte. Pero seguí conservando mi amor por las naciones. Me encanta ver las Olimpíadas, pero lo que realmente me conmueve es ver a personas de diferentes naciones y trasfondos que se juntan en una iglesia o una reunión para orar y adorar al Rey de reyes. ¡Qué dulce anticipo del cielo en la tierra! (Apocalipsis 7:9).
Cuando consideramos quiénes somos en Cristo, recordamos que pertenecemos a la familia de Dios y que su familia es internacional.
Pablo declaró a los creyentes en Galacia: «todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (Gálatas 3:26). «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (v. 28).
No importa de dónde venimos ni dónde vivimos, alegrémonos porque, como creyentes, somos uno en Cristo con nuestros hermanos en todo el mundo.



