Ethel y Ed viven en la zona desértica de las Montañas Rocosas. En nuestra visita a su rancho lleno de recuerdos, la conversación giró hacia historias de la infancia: montar a caballo en las praderas y arrear ganado. Ahora son mayores, y sus voces transmitían un anhelo por el hogar celestial.
El Salmo 137 refleja una emoción similar. Los israelitas llevados en cautiverio anhelaban volver a casa. «Junto a los ríos de Babilonia, […] los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos», dijeron (vv. 1, 3); lo que llevó a preguntar: «¿Cómo cantaremos cántico del Señor en tierra de extraños?» (v. 4).
El anhelo de regresar del exilio es un tema repetido en los profetas del Antiguo Testamento. Por fin, los israelitas regresaron. Reedificaron Jerusalén y volvieron a asentarse en la tierra, pero nunca fue igual. Cuando se reconstruyó el templo, quienes recordaban su antigua gloria lloraron porque era solo una sombra del primero (Esdras 3:12).
El tiempo afecta la mente y el cuerpo, y la vejez puede sentirse como un exilio, pero para los que conocen a Jesús, ese anhelo no apunta al pasado sino al futuro. Así se transformó mi conversación con Ethel y Ed: un anhelo por nuestro hogar eterno, donde todo será mucho mejor de lo que jamás podamos imaginar.




