Estaba ansiosa. Mi esposo y yo acabábamos de regresar del supermercado. Mientras descargábamos las compras, busqué frenéticamente la bolsa de rosquillas… pero no la encontré. Revisé el recibo. Nada. Frustrada, exclamé: «¡Lo único que quería de la tienda era una rosquilla!». Minutos después, mi esposo me entregó una bolsa de rosquillas. Enfrentando la nieve, había vuelto a salir para comprarlas. Lo abracé y, un poco avergonzada, dije: «¡Me alegra que no tuvieras un accidente solo por satisfacer mi antojo!».

No suelo alterarme tanto por una rosquilla, pero tras una semana emocionalmente agotadora, busqué consuelo en un dulce… pero experimenté una alegría mucho más profunda con el amor y la compasión de mi esposo.

El consuelo que podemos obtener al satisfacer un antojo es siempre efímero. Como compartió el apóstol Pablo con los corintios, el consuelo verdadero proviene del «Dios de toda consolación» (2 Corintios 1:3).

Pablo comprendía las luchas y necesidades de sus lectores. Como ellos, enfrentaba pruebas diarias, incluso la persecución por su fe. Y porque Dios lo había consolado, él podía consolarlos (v. 4).

Cuando estamos dolidos, podemos acudir a Jesús, quien rebosa de compasión y consuelo (v. 5). Allí encontramos alivio. Y cuando hemos experimentado su consuelo, podemos darlo a otros.

De:  Alyson Kieda

Reflexiona y ora

¿Cuándo y cómo te ha consolado Dios?¿Cómo podrías consolar a otrosque atraviesan una prueba similar?
Dios, ayúdamea consolar a otros.