En un momento, Adrián Simancas iba en un kayak junto a su padre en el Estrecho de Magallanes, en Chile. Al siguiente, al joven lo embocó una ballena jorobada. «Pensé que estaba muerto», contó Adrián a un medio de comunicación. Segundos después, la ballena lo soltó en las aguas heladas. Su chaleco salvavidas lo hizo flotar y su padre lo ayudó a ponerse a salvo.
El profeta del Antiguo Testamento, Jonás, también se encontró con una gran criatura marina. Jonás rehusó obedecer la orden de Dios de ir y predicar arrepentimiento a los enemigos de los israelitas, los ninivitas, y se embarcó en dirección opuesta. Cuando el barco quedó atrapado en una tormenta, Jonás convenció a la tripulación de que lo arrojara al mar (Jonás 1:11-12, 15). «Pero el Señor tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches» (v. 17). Jonás pasó de huir de Dios a clamar a Él: «oró Jonás al Señor […] desde el vientre del pez» (2:1). Dios lo escuchó y lo rescató (v. 10). Luego, Jonás predicó a los ninivitas y estos se arrepintieron (3:8-10).
Si Dios oyó el clamor de Jonás desde el interior de un gran pez, también puede oírnos y rescatarnos dondequiera que estemos. En lugar de huir, corramos hacia Él y clamemos en oración, sabiendo que responderá.







