No bien me lancé a la piscina, mis gafas se llenaron de agua y apenas podía ver. A pesar de no haber tomado clases de natación, perseveré lentamente durante las dos vueltas de una carrera en la que me había inscrito impulsivamente. Como adolescente, fue una experiencia embarazosa. Pero años después, disfruté tomando clases y aprendiendo las técnicas adecuadas de los cuatro estilos de nado.
Qué diferencia hace tener la preparación adecuada. Lo mismo ocurre al leer la Biblia. Cuando entendemos el contexto y el significado de lo que leemos, podemos crecer en nuestra fe y aplicarla correctamente.
Pablo quería que Timoteo se mantuviera firme en su fe y no fuera engañado por falsos maestros. En su última carta, lo instó a estudiar las Escrituras: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15).
Al aprender y practicar las técnicas correctas de natación, me convertí en mejor nadadora. En nuestro andar espiritual, al aprender y comprender las palabras y conceptos de la Biblia, crecemos en nuestro conocimiento de Dios, lo que nos permite distinguir la verdad del error y adquirir sabiduría. Sigamos creciendo para estar capacitados para toda buena obra (3:17).




