Durante un entrenamiento de baloncesto, el padre de Enrique le pidió que enseñara al equipo a pasar el balón correctamente. Enrique había practicado mucho, pero temía equivocarse. Oró, completó el ejercicio y exclamó: «¡Gracias, Señor!». Más tarde, su padre le dijo: «Estoy orgulloso de que te esfuerces, hijo. Pero estoy más orgulloso de que hayas orado y alabado a Dios». Enrique se encogió de hombros y dijo: «Solo hice lo que hay que hacer».
A lo largo de la historia, Dios ha actuado mediante relaciones saludables entre generaciones. Al compartir sus decretos y leyes con los israelitas, dijo que no añadieran ni quitaran nada (Deuteronomio 4:1-2). «Guardadlos, pues, y ponedlos por obra», dijo el Señor, «porque esta es vuestra sabiduría […] ante los ojos de los pueblos» (v. 6). Y agregó: «enséñales esto a tus hijos, y a los hijos de tus hijos» (v. 9 rvc). ¿Para qué? Para que aprendieran a temer a Dios y les enseñaran a sus hijos sobre Él (v. 10).
Todos podemos compartir nuestra fe fortalecida por el Espíritu con los más jóvenes. Tanto si oramos por alguien como si proporcionamos recursos para fomentar el crecimiento espiritual u ofrecemos aliento, Dios usa nuestras relaciones saludables para influir en las generaciones venideras.







