En un viaje de estudio a Moscú, decidí tomar el metro para ir a almorzar. De pie en el vagón, comencé a silbar porque, simplemente, me sentía bien después de una mañana agradable enseñando y el día estaba hermoso. Los pasajeros me miraron como si estuviera loco. Al regresar a la escuela, le conté a una de las empleadas de la oficina que las personas estaban tan desanimadas que se sorprendieron al verme silbar. Ella me informó amablemente: «Sí, sus vidas son muy duras, pero no por eso lo miraron, sino porque aquí es de mala educación silbar en público».

Cuando hacemos suposiciones, las basamos en factores externos que quizá no tengan nada que ver con la situación. Es útil recordar la historia de la elección de David como futuro rey de Israel. Cuando el profeta Samuel consideró al hijo mayor de Isaí, pensó: «De cierto delante del Señor está su ungido» (1 Samuel 16:6). Pero Dios le dijo: «No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón» (v. 7).

Basar nuestros juicios en las apariencias nos llevará a conclusiones equivocadas. Conviene dejar que Dios sea quien juzgue. Él ve el corazón del asunto.

De:  Bill Crowder

Reflexiona y ora
¿Cómo te sientes cuando alguien supone cosas incorrectas sobre ti? ¿Por qué es fácil hacer suposiciones respecto a los demás?
Padre, perdón por juzgar a las personas sin conocer sus corazones.