Uno de mis libros favoritos de ilusiones ópticas siempre me asombra, ya que las imágenes engañan mi visión: dos líneas de la misma longitud parecen tener tamaños diferentes, o en la «escalera imposible», cuatro tramos de escalones parecen unirse en un bucle continuo. Puede ser un poco desconcertante darnos cuenta de que no siempre vemos las cosas como realmente son.
Pero no solo nuestros ojos nos engañan. A veces, podemos creer ilusiones sobre nuestra identidad como hijos de Dios cuando las afirmaciones engañosas del mundo nos bombardean a diario. Henri Nouwen escribió: «Jesús vino a anunciarnos que una identidad basada en el éxito, la popularidad y el poder es falsa: ¡una ilusión!».
Nuestra verdadera identidad, posible gracias al amor abundante de Dios, es que cuando recibimos a Jesús como nuestro Salvador nos convertimos en «hijos de Dios» (1 Juan 3:1). El apóstol Juan admitía que, a veces, «nuestro corazón nos reprende» (v. 20) y empezamos a dudar del amor de Dios o a cuestionar si realmente le pertenecemos. Pero «mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas» (v. 20). En lugar de dejarnos engañar por ilusiones dañinas sobre nuestra identidad, creamos la verdad de que somos hijos amados de Dios.







