«¡No es mi culpa!». Así dice Han Solo en El imperio contraataca, cuando su nave es atacada y parece no haber escapatoria, todo por faltar una reparación. Cuando lo dice, uno se pregunta si no tendrá al menos algo de responsabilidad por lo sucedido, aunque no quiera admitirlo.
Me ha pasado. A veces, es más fácil encontrar a alguien (o algo) a quien culpar en lugar de aceptar la responsabilidad. Esta tendencia es tan antigua como el pecado. Adán y Eva lo hicieron (Génesis 3:11-13), y también Aarón. Cuando Moisés estaba en el monte Sinaí, recibiendo los Diez Mandamientos, Dios le dijo que el pueblo que acababa de liberar se había apartado para adorar un ídolo (Éxodo 32:7-8). Cuando Moisés regresó y confrontó a Aarón (a quien había dejado a cargo), este respondió: «tú conoces al pueblo, que es inclinado a mal» (v. 22). Luego se justificó por lo que había hecho, diciendo: «Ellos me dieron el oro, yo lo eché al fuego, ¡y lo que salió fue este becerro!» (v. 24).
A pesar de nuestra obstinación, Dios nos ofrece perdón cuando admitimos ante Él que hemos hecho mal. Nos asegura que es «fiel y justo para perdonar nuestros pecados» (1 Juan 1:9). Entonces, podemos ser sinceros ante el Dios que tomó nuestra culpa sobre sí mismo en la cruz, todo por su amor perfecto y sacrificial.



