«¡Tiene cara de azúcar!», exclamó nuestra veterinaria mientras le hacía el chequeo anual a nuestro perro. «¿Cara de azúcar?», pregunté. «Es un término que se usa para los retrievers cuyos rostros se vuelven prematuramente blancos —respondió sonriendo—. Es solo una señal de la dulzura que llevan dentro».
Al reflexionar sobre eso más tarde, pensé en qué refleja mi rostro cuando otros me ven. ¿Perciben un destello de la «dulzura interior», el poder transformador del amor de Jesús en mi vida? La Biblia relata cuando Moisés descendió del monte Sinaí después de pasar días en la presencia de Dios: «no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios». Tal era así que el pueblo «[tuvo] miedo de acercarse a él» (Éxodo 34:29-30). Para no asustarlos, Moisés «puso un velo sobre su rostro» (v. 33).
Moisés hablaba literalmente con Dios «cara a cara» (33:11); un momento único en la Biblia. Pero las Escrituras también nos recuerdan que los que conocemos a Dios por medio de Cristo «somos transformados […] en la misma imagen» (2 Corintios 3:18). Su presencia en nuestro interior puede ser atractiva para los demás; una obra del amor de Dios. Quizá nuestros rostros no brillen como el de Moisés, pero al pasar tiempo con Él, se hará cada vez más evidente en nosotros.







