Es de mañana, y mi esposo Dan abre su teléfono para seleccionar su himno favorito, My Soul Is Anchored [Mi alma está anclada]. La letra expresa esperanza en Dios en tiempos turbulentos. Las palabras advierten sobre olas que se levantan y rompientes que golpean, pero no tambaleamos porque Dios nos sostiene firmes.
Describe perfectamente la función de un ancla de barco: lo estabiliza hundiendo sus «brazos» en el lecho marino, para evitar que derive o sea sacudido durante una tormenta violenta.
El ancla se ha convertido en un símbolo clásico de la fe cristiana, reflejando nuestra esperanza en Cristo, a quien nos aferramos en medio del caos de la vida. Como escribió el autor de Hebreos: «La [esperanza] tenemos como segura y firme ancla del alma» (Hebreos 6:19). Esta esperanza es Jesús, un terreno confiable para quienes creen en Él. Además, lo que Dios prometió lo confirmó con juramento, y en estas «dos cosas inmutables […] es imposible que Dios mienta» (vv. 17-18). Por eso, quienes se aferran a sus promesas tienen «un fortísimo consuelo» (v. 18).
Algunos se anclan en cosas poco confiables: ambición, amistades dañinas o hábitos negativos. ¡Cuánto mejor anclarse en Aquel en quien sabemos que podemos confiar! Cuando las olas golpeen a nuestro alrededor, estaremos firmes, anclados en Dios.
De: Patricia Raybon







