En la Francia del siglo xiii, cuenta la leyenda que un caballero dejó a su hijito en casa al cuidado de su perro Guinefort. Al regresar, encontró la cuna volcada, su hijo desaparecido y la boca del perro cubierta de sangre. Suponiendo que el animal lo había lastimado, lo mató. Después, halló una serpiente toda mordida… y a su hijo a salvo bajo la cuna. Guinefort había salvado al bebé. El heroísmo del perro y su injusto destino conmovieron tanto a la gente que, erradamente, lo veneraron como santo.
Las Escrituras registran un incidente similar: un animal fue injustamente castigado por proteger a su dueño. El rey moabita había contratado al profeta Balaam para maldecir al pueblo de Dios (Números 22:4-6). En el camino, el «ángel del Señor […] con su espada desnuda» le bloqueó el paso. El asna, al ver el peligro, evitó al ángel dos veces, solo para ser golpeada por sus esfuerzos (vv. 23, 25). Al no poder esquivar al ángel, se negó a avanzar y fue castigada otra vez (vv. 26-27). Finalmente, Dios hizo que el asna hablara y se defendiera (vv. 29-30), y luego abrió los ojos de Balaam para ver al ángel y escuchar las instrucciones (vv. 31-32).
Es poco probable que oigamos que un animal nos hable, pero Dios aún puede abrirnos los ojos de formas inesperadas. Cuando eso suceda, prestemos atención.







