El antiguo faraón egipcio Ramsés II era tan soberbio que mandó construir numerosas estructuras en su honor, incluidos muchos monumentos con sus rasgos físicos. Uno de ellos, la colosal estatua que lleva su nombre, mide unos once metros de altura y pesa ochenta y tres toneladas, en granito rojo. Pero la edad no fue bondadosa con el orgulloso gobernante. Cuando murió, sufría de problemas dentales, artritis y cardiopatías crónicas. Algunos de sus monumentos podrían durar, pero —como todos los mortales— él falleció.
Absalón, uno de los hijos del rey David, también construyó un monumento para sí mismo (2 Samuel 18:18). Impulsado por la ira de una tragedia pasada (ver cap. 13) y por la ambición egoísta, este joven trabajó para robarle a su padre «el corazón de los de Israel» (15:6). Sin embargo, cuando intentó usurpar el trono, Dios no le permitió vencer a David, su rey ungido (1 Samuel 16:12-13), ni a sus hombres (2 Samuel 18:6). Al final, Absalón fue asesinado por traidor. Aunque su monumento aún permanecía (v. 18), murió humillado y derrotado.
Construirnos monumentos y servir a nuestro orgullo y deseos no terminará bien. Pero cuando servimos humildemente a Dios y lo amamos (Filipenses 2:3-8), encontramos verdadero significado y plenitud en su presencia.







