Cada año, a finales de la primavera, planto semillas de pepino en nuestra huerta. Producen hojas rápidamente, pero lleva tiempo ver el fruto. Un verano, después de regar y esperar, me preguntaba si alguna vez tendría pepinos. Pero un día, vi un pequeño bulbo verde. A la semana siguiente, apareció otro. Y luego otro. En pocas semanas, pasamos de tener enredaderas a casi suficiente fruto para preparar ensaladas durante una semana.

A veces, el crecimiento espiritual se parece a eso. No siempre vemos los frutos de nuestras oraciones: paciencia, dominio propio, benignidad y amor (ver Gálatas 5:22-23). Pero si le pedimos a Dios que nos ayude a crear las condiciones necesarias para crecer —oración, estudio de las Escrituras, adoración, servicio a los demás—, el Espíritu Santo lo producirá.

Esta es la esencia de la parábola de Jesús en Lucas 8: «El sembrador salió a sembrar su semilla», y «las aves la comieron» al caer al suelo (v. 5). Otras semillas cayeron en terreno pedregoso, donde no recibieron humedad y se secaron (v. 6). Y otras cayeron entre espinos y fueron ahogadas antes de crecer (v. 7). Pero la que cayó en buena tierra produjo una cosecha cien veces mayor (v. 8).

Con la ayuda de Dios, cultivemos «buena tierra» y crezcamos en Él.

De:  Katara Patton

Reflexiona y ora
¿Cómo te está ayudando Dios a cultivar una «buena tierra»? ¿Dónde has visto crecimiento en tu vida?
Maestro Jardinero, ayúdame a producir buen fruto.