Cada otoño, quienes conducen por la autopista 18 en Oregón se encuentran con una sorpresa encantadora en las laderas arboladas junto al camino: una enorme carita sonriente. Solo es visible en otoño, cuando las agujas de los alerces se tornan amarillas y contrastan con los oscuros abetos Douglas que forman los ojos y la boca. Una empresa maderera plantó esta cara de unos noventa metros de diámetro en 2011 como parte de un esfuerzo por reforestar la zona que habían talado.
Isaías nos invita a conocer a Dios como aquel que da vida a lugares desolados. Durante la esterilidad del cautiverio, les recordó a los israelitas que Dios «[abre] ríos, y […] en el desierto estanques de aguas», y allí hace crecer «cedros y acacias» (Isaías 41:18-19). Él hace estas cosas no solo para su deleite (y el nuestro), sino «para que todos vean y conozcan» (v. 20) que es el autor de todas las cosas y que finalmente redimirá todo; aun lugares considerados «región árida» (v. 19 rva-2015).
Aunque no siempre veamos una carita que nos sonríe desde la ladera de una montaña, toda la creación puede recordarnos el poder redentor de Dios sobre nuestro mundo y nuestras circunstancias, aun en la devastación o después. Busquemos su rostro como fuente de esperanza y gozo en medio de nuestras luchas.




