Antes de la boda de mi íntima amiga, preparamos meticulosamente la mesa para doscientos invitados a la recepción. Con alegre expectativa, pasamos horas doblando servilletas, alineando cubiertos, acomodando manteles y arreglando flores. Después de trabajar tanto, ¡estábamos ansiosas de que los invitados llegaran y disfrutaran! Pero cuando muchos asientos quedaron vacíos, nos sentimos profundamente decepcionadas.
Jesús compartió una historia similar con algunos fariseos mientras comían juntos (Lucas 14:15-20). Describió a un hombre que amorosamente organizó un gran banquete para muchas personas, pero asistieron pocos tras dar excusas endebles. El hombre se enojó ante el rechazo y extendió su invitación a los marginados: «los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos» (v. 21). Como aún quedaba lugar, sus siervos fueron más lejos para «[hacerlos] entrar por la fuerza» (v. 23 rvc).
Esta parábola nos recuerda que muchos del pueblo escogido de Dios rechazaron a Jesús como su Mesías y despreciaron su invitación a entrar en su reino (Juan 1:11). Para continuar con su plan de salvar al mundo, Dios abrió su invitación a los gentiles, personas que no eran judías. Todos los que reciben a Jesús por la fe son bienvenidos al banquete del reino de Dios, sean dignos o no. La invitación sigue abierta hoy.







