Mi nieto cumplía once años y un grupo de familiares se reunió en un restaurante mediterráneo para celebrarlo. Antes de pedir, mi hijo le preguntó al cumpleañero qué quería. Con cierta timidez, le contestó que le gustaría salmón, aunque sabía que era demasiado caro. Su papá le respondió: «Es tu cumpleaños. Si eso es lo que deseas, puedes pedirlo». Mi nieto estaba encantado, ¡y su amplia sonrisa lo reflejaba!
El amor de mi hijo hacia su hijo me recuerda, en menor medida, el amor abundante de Dios. En 1 Juan 3, se describe el gran amor que Dios derrama sobre nosotros: llama hijos suyos a todos los que creen en Él (v. 1), los beneficiarios de su amor sin medida. Este amor se manifiesta en el sacrificio de Cristo, el mayor regalo de todos. Jesús «puso vida por nosotros» en la cruz (v. 16). Somos salvos «por gracia […] por medio de la fe» en Cristo (Efesios 2:8). Este es el don generoso de Dios para todos los que creen.
En respuesta al amor sin límite de Dios, «debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (1 Juan 3:16). Se nos llama a poner nuestra fe en acción: amar a Dios y obedecerle, y extender ese amor a los demás. Por medio del Espíritu Santo, Él nos capacita para compartir su amor abundante con nuestra familia y los demás.
De: Alyson Kieda







