Los zoólogos describen «el baile de las tortugas»: el encantador comportamiento de las tortugas bobas ante los alimentos. Se ponen en posición vertical, abren la boca, aplauden con sus aletas delanteras y giran en el agua. Pero se ha demostrado que la interferencia de ondas de radio puede alterarles su «GPS» interno, lo cual confunde su navegación, las distrae de su fuente de alimento y, tristemente, detiene su danza.
La Biblia relata un momento en que David danzó. El arca del pacto, que representaba la presencia de Dios, fue llevada de regreso a Jerusalén, y «David danzaba con toda su fuerza delante del Señor» (2 Samuel 6:14). Pero años más tarde, el rey se distrajo. Pecó con Betsabé y envió a su esposo a morir en la guerra (11:4, 14-15). Ahora, el hijo que había tenido con ella estaba muriendo. Con remordimiento y angustia, «ayunó David […] y pasó la noche acostado en tierra» (12:16).
Como David, prosperamos en la presencia de Dios, pero nuestro pecado nos distrae de Él y dejamos de «danzar». ¿Cómo podemos recuperar nuestro gozo? Dejando el pecado que confunde nuestra conexión con Dios. David escribe sobre la misericordia de Dios: «Convertiste mi lamento en danza; me quitaste la ropa de luto y me vestiste de alegría» (Salmo 30:11 NVI). Dios es el verdadero Señor de la danza.







