«Eres bueno tocando la guitarra», le dije a un nuevo amigo en la iglesia. «Gracias —respondió—. Es mi ministerio». Otra vez esa palabra: ministerio. No sabía qué era exactamente ni cómo alguien «tenía» un ministerio, pero mi amigo simplemente estaba usando el talento musical que se le había dado para servir a otros. Cuando descubrí que uno de mis dones era la exhortación, o animar, me sentí un poco decepcionada. Me parecía demasiado sencillo. Pero pronto comprendí que, como líder en nuestro pequeño grupo, me alegraba escribir notas de aliento o llamar a nuestros integrantes. Estaba usando uno de mis dones espirituales sin siquiera saberlo.
Cada creyente en Jesús recibe dones espirituales para servir en la iglesia (1 Corintios 12:6). A veces, no sabemos cuáles son, así que simplemente servimos donde hay necesidad. El Espíritu Santo se encarga del resto (vv. 4-6, 8-11).
Así como nuestro cuerpo humano tiene muchas partes con diferentes funciones, en Cristo «nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, […] teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada» (Romanos 12:5-6). Enseñar, animar, dar y mostrar misericordia son algunos de los dones espirituales (vv. 6-8). Cualesquiera que sean, usémoslos para servir a otros en la iglesia, el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27).







