Antes de nuestro viaje a Suiza, mi imagen mental era de los Alpes nevados, cabras pastando y campesinos de montaña soplando cuernos alpinos. Pero de camino al sur desde Zúrich, el paisaje era el mismo enredo gris de autopistas que veíamos en cualquier ciudad. Para llegar a nuestro alojamiento, tuvimos que subir por un precario camino de tierra de un solo carril, y luego cargar nuestras maletas por empinadas escaleras de piedra. Exhaustos y decepcionados, finalmente llegamos al patio. Y allí, desplegándose ante nosotros, una vista extraordinaria: los Alpes majestuosos sobre el azul del lago de Lucerna, con pequeños pueblos brillando como luciérnagas. El suplicio había valido la pena.
Recordé el versículo: «Por tanto, no desmayamos» (2 Corintios 4:16). Pablo escribe acerca de sus propias luchas: «Estamos atribulados en todo, mas […] no desesperados» (v. 8). Y revela su mirada positiva: «Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria» (v. 17). Aconseja poner la mira en las cosas «que no se ven» (v. 18), para esperar ese paisaje eterno.
A veces, nuestro camino es monótono y difícil. Pero en Cristo, tenemos la seguridad de que contemplaremos la vista suprema. Todo habrá valido la pena.







