Una ballena jorobada de cincuenta toneladas nadó hacia una red de trampas de cangrejo frente a la costa de California y se enredó. Mientras luchaba por mantenerse a flote, cuatro buzos acudieron a rescatarla, nadando bajo su vientre. Durante una hora cortaron las cuerdas; un trabajo peligroso, ya que un solo aletazo de su cola podría haberlos matado. Tras liberarla, en lugar de escapar de inmediato, la ballena nadó hacia cada buzo y los empujó suavemente. «Sentí como que nos estaba agradeciendo», dijo uno de los rescatistas.
Ya sea que las ballenas puedan expresar gratitud o no, el agradecimiento es en verdad una parte esencial del ser humano. Y es vital para nuestra vida con Dios. Muchos le damos gracias por las bendiciones más notorias, pero Pablo nos dice que debemos agradecer por cada regalo que recibimos, por cada muestra de bondad que encontramos. Escribe: «dando siempre gracias por todo» (Efesios 5:20). No a veces. No solo en momentos excepcionales. Siempre. Y para asegurarse de que su punto quedara claro, añade: «[Aprovechen] bien el tiempo» y den gracias «por todo» (vv. 16, 20).
La gratitud auténtica es más que una palabra ocasional que ofrecemos; es nuestra forma de vida. Nos vuelve hacia Dios una y otra vez, siempre celebrando agradecidos.







