Aunque le encantaba hacer amistades y ayudar en el ministerio de adultos mayores de su iglesia, Carol se encontró siendo objeto de burlas de su líder. Le afectó tanto que tuvo que buscar consejo. Le sugirieron dejar el ministerio, pero no quería «abandonar» a los mayores. Atrapada entre dos opciones, entregó sus temores en oración a Dios, y Él le dio consuelo y tranquilidad. Le mostró que debía hablar con el líder, pero confiar en que Él resolvería la situación.
Cuando el rey Josafat oyó que un poderoso enemigo se acercaba a Jerusalén, su primera respuesta fue orar. Apelando a la soberanía de Dios, dijo: «no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos» (2 Crónicas 20:12). En lugar de confiar en sus propias fuerzas, se entregaron ellos mismos y sus problemas a Dios (v. 18).
La respuesta de Dios al rey y al pueblo a través del profeta Jahaziel fue alentadora: «No temáis ni os amedrentéis […], porque no es vuestra la guerra, sino de Dios» (v. 15). Dios les mandó salir a enfrentar al enemigo, pero dejar el resultado en sus manos. Ellos lo hicieron con fe, alabando a Dios como si la oración ya hubiera sido contestada (vv. 20-21); y descubrieron que la batalla ya estaba ganada (v. 24).
Cuando enfrentemos situaciones difíciles, oremos y busquemos la ayuda de Dios. La batalla es de Él.







