Micaela se afligió cuando su padre moribundo le dijo: «Cariño, no estaré aquí para acompañarte al altar». Pero ella le aseguró su amor, aferrándose a la esperanza que encontró en Hebreos 11, y le dijo: «Te diriges a una patria mejor, una patria celestial». Creía que su padre, cuando muriera, estaría con Dios para siempre. Reflexionó: «¡El cielo será así de bueno!».
La carta a los Hebreos iba dirigida a los judíos creyentes en Jesús que sufrían persecución. Aunque se escribió antes de la destrucción del templo en 70 d. C., la caída de Jerusalén a manos de los romanos quizá ocurrió poco después. En ese clima de temor, el autor destacó a una gran «nube de testigos» (Hebreos 12:1) para instar a los creyentes a mantenerse firmes en su fe. Todos ellos murieron «sin haber recibido lo que se les había prometido, y sólo llegaron a ver esto a lo lejos; pero lo creyeron y lo saludaron» (11:13, rvc). Vivieron por fe, anhelando «una patria mejor, es decir, la celestial». Dios «les preparó una ciudad» (v. 16, nvi).
Aunque a Micaela le dolió el corazón cuando murió su padre, se aferró a las promesas del Padre celestial. También nosotros podemos abrazar estas promesas «de lejos» (v. 13), confiando en Dios.
De: Amy Boucher Pye







