En 1849, Henry Brown (un esclavo en Virginia, Estados Unidos) se metió en una caja de madera (de 90 x 75 x 60 cm) marcada «mercancía seca», y dos amigos lo enviaron de Richmond a Filadelfia. Permaneció allí durante un viaje de veintiséis horas, con tres pequeños agujeros para respirar. Cuando los abolicionistas lo sacaron de la caja, cantó una paráfrasis del Salmo 40, expresando su esperanza en el Dios que promete libertad. Más tarde, escribió: «Si nunca has sido privado de tu libertad, como lo fui yo, no puedes comprender el poder de esa esperanza de libertad, que para mí fue un ancla del alma, firme y segura».
La libertad es central en cómo obra Dios en nuestros corazones y en el mundo. Su sabiduría lleva a la libertad espiritual, mientras que la sabiduría falsa, a la opresión. Pablo afirma: «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» del pecado, la muerte y la condenación (2 Corintios 3:17). Cuando escuchamos y seguimos a Dios, el resultado es libertad. Lamentablemente, lo contrario también es cierto: cuando lo ignoramos y rechazamos sus invitaciones, quedamos confinados. Dios nos libera por medio de su Espíritu (v. 18), pero el pecado y la rebeldía nos atrapan.
A veces, creemos que Dios nos limita, pero en realidad, Él es el único que puede guiarnos a la libertad verdadera.




