Cuando visité la región amazónica de Ecuador con mi padre hace muchos años, hicimos un divertido paseo en lancha hacia una pequeña aldea para conocer el lugar y aprender sobre las tribus locales. Mi querido papá me compró joyas artesanales, incluido un par de pendientes. Solo los usaba en ocasiones especiales, como cuando fui a visitar a mi hermana por mi cumpleaños. Al regresar de ese viaje, me horrorizó descubrir que había perdido uno. Busqué por todas partes.

Era solo un pendiente, pero tendría que viajar de nuevo hasta la selva amazónica para reemplazarlo. Sorprendentemente, cuando mi hermana volvió al restaurante donde habíamos ido por mi cumpleaños, encontró mi pendiente en la sección de objetos perdidos. ¡Estaba feliz!

Jesús contó una parábola sobre una mujer que había perdido una moneda de plata. No descansaría mientras su valiosa moneda estuviera perdida. «¿Qué mujer […] no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?», preguntó Jesús (Lucas 15:8). Y cuando encontró su moneda, se alegró muchísimo (v. 9).

Jesús relató esta historia para demostrar cuán valiosos somos para Dios. Él «vino a buscar y a salvar» a los que estaban perdidos (Lucas 19:10). Aunque alguna vez estuvimos perdidos, el cielo se alegró cuando fuimos hallados.

De:  Nancy Gavilanes

Reflexiona y ora

¿Cómo se siente saber que eres precioso para Dios? ¿Y saber que el cielo se alegra cuando somos encontrados?
Dios, gracias por buscarme.