«Un placer alcanza su plenitud solo cuando es recordado». Así describe un personaje en Más allá del planeta silencioso, de C. S. Lewis, la alegría que surge al rememorar experiencias valiosas. Aunque está bien deleitarnos en un paisaje sobrecogedor o al compartir un hito importante con un ser querido, lo que sentimos puede ser un simple placer inicial. A menudo, la reflexión posterior multiplica el gozo de haber vivido esos momentos.

Quizá también por eso, Jesús instruye a sus discípulos a participar regularmente de la Cena del Señor. Al compartir la cena de la Pascua con ellos la noche antes de su muerte, le dio un nuevo nivel de significado al describir el pan sin levadura y el «fruto de la vid» como símbolos de su cuerpo y su sangre. Sus discípulos debían compartir esa comida con regularidad, «en memoria de [Él]» (Lucas 22:18-20).

Al celebrar la Pascua, el pueblo judío recuerda cómo Dios lo liberó de Egipto (Éxodo 12:17). Al participar de la Cena del Señor —una conmemoración solemne, pero también gozosa—, quienes confían en el sacrificio de Jesús vuelven a contar cómo Dios los liberó de las consecuencias del pecado. Al participar regularmente, practicamos «permanecer» en comunión con Jesús (ver Juan 6:56) y saboreamos el placer de nuestra unión con Él.

De:  Kirsten Holmberg

Reflexiona y ora
¿De qué manera recordar es parte de tu adoración a Dios? ¿Qué podrías recordar hoy sobre su obra en tu vida?
Padre, ayúdame a recordar tu obra por mí.