Mientras el paisajista Douglas Kent recorría un vecindario carbonizado de Los Ángeles tras los feroces incendios forestales de 2025, se encontró con una sorpresa: árboles vivos y verdes —muchos de ellos llenos de hojas, frutos y troncos fuertes— junto a autos derretidos y edificios quemados. ¿Cómo era posible?

Tras dos inviernos lluviosos, sus raíces se habían profundizado para absorber humedad y llevarla hasta las hojas. En el incendio, demostraron ser resistentes. «Lo que vi —dijo Kent— fue que si uno está profundamente arraigado, sobrevive».

Durante las pruebas ardientes de la vida, nuestra fe puede ser así. Cuando nos arraigamos profundamente en Cristo, nos volvemos «como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto» (Jeremías 17:8).

Jeremías, que no medía sus palabras, advirtió que el que confía en «el hombre» es «maldito», y «será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada» (vv. 5-6). ¡Cuánto mejor es confiar en Dios! Regados por su amor sustentador, prosperamos aun en tiempos de furia y damos fruto espiritual en Él.

De:  Patricia Raybon

Reflexiona y ora

¿Qué profundidad tienen tus raíces en Cristo? ¿Cómo puedes confiar en Él en tus pruebas difíciles?
Dios, que siempre confíe en ti.