En una de sus novelas, Toni Morrison cuenta la historia de Nel y Sula, amigas desde la infancia. Pero esa amistad se desgasta a medida que el egoísmo de Sula crece, culminando en que seduce al esposo de Nel. «¿Por qué no pensaste en mí? —pregunta Nel—. ¿No importaba yo?». Lamentablemente, Sula ni siquiera se preocupa en responder.

Todo el que lo haya experimentado sabe que el dolor de la traición de un amigo es difícil de superar. El rey David sintió tal «iniquidad» cuando una conspiración política de «fraude […] y engaño» lo rodeó (Salmo 55:10-11). Lo peor fue quién estaba detrás. «Si un enemigo me hubiera afrentado yo lo habría soportado. […] Pero fuiste tú, un hombre igual a mí, mi compañero, mi íntimo amigo» (vv. 12-13 rva-2015).

¿Cómo debemos responder a tal traición? David presenta su angustia ante Dios (vv. 16, 20), pero ora para que la retribución caiga sobre su amigo traidor (v. 15). Vemos un enfoque diferente en Jesús. Ante la traición de Judas, responde sin represalias: «Amigo, haz lo que viniste a hacer» (Mateo 26:49-50 rva-2015).

¿Puede una amistad recuperarse de la traición? Solo si el ofendido desea reconciliarse y el ofensor se arrepiente con el tiempo. Con la ayuda de Dios, valoremos nuestras amistades y procuremos enmendar rápidamente toda herida.

De:  Sheridan Voysey

Reflexiona y ora
¿Habría sido incorrecto que Nel siguiera siendo amiga de Sula? ¿Cómo la respuesta de Jesús a Judas nos ayuda a considerar la reconciliación?
Espíritu Santo, ayúdame a ser un amigo fiel.