Un estudio que buscaba explorar cuánto de la sensibilidad musical de las personas es cultural y cuánto instintivo reprodujo ritmos de tambor a bebés recién nacidos mientras se monitoreaba la actividad cerebral. Descubrieron que cada vez que se omitía un golpe, las ondas cerebrales se disparaban cuando la nota faltaba, lo que mostraba que sus jóvenes mentes ya anticipaban ese golpe y reaccionaban ante su ausencia.
El estudio evoca la asombrosa manera en que Dios nos creó. Incluso nos diseñó para reaccionar con alegría ante el maravilloso regalo de la música; y como escribe David en el Salmo 30, para responder a la gracia de Dios con nuestra propia música: «[alabar] su santo nombre» (v. 4 rvc).
Sin embargo, el dolor, el agotamiento, el remordimiento o la tristeza pueden a veces pesar y amenazar con silenciar nuestras alabanzas. En su desesperación, David clamó a Dios ser liberado: «¿Qué provecho hay en mi muerte […]? ¿Te alabará el polvo?» (v. 9).
David experimentó la fidelidad de Dios cuando su gozo fue restaurado, ya que Dios convirtió su «lamento en baile» y lo «[ciñó] de alegría» (v. 11). Así como Dios sana nuestros corazones y los llena con los ritmos de gozo para los que fuimos creados, también nosotros podemos testificar: «Señor, Dios mío, te alabaré por siempre» (v. 12).
De: Monica La Rose







