El reconocido paisajista holandés Piet Oudolf dice que las flores no tienen que florecer para ser hermosas. Aun en pleno invierno, sus galardonados diseños son famosos por su impresionante atractivo. Aunque algunos disientan, Oudolf afirma: «La belleza está en tantas cosas que uno no imagina. Al decir que amas las plantas que están muertas [dormidas], tienes un problema, porque a la gente no le gustan las plantas muertas».
Su apreciación sobre los ciclos de vida de las plantas evoca un principio espiritual fundamental: cuando estábamos muertos en nuestros pecados, Dios aún nos amó. «Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos» (Romanos 5:6), explicó el apóstol Pablo. Y agregó: «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (v. 8).
Jesús eligió discípulos con defectos; comía con pecadores declarados; sanaba a marginados. Oudolf, asimismo, «se interesa por las plantas no solo por sus flores, sino también por su personalidad». Ve belleza «en cosas que, a primera vista, no son hermosas».
Como portadores de la imagen de Dios, lo mostramos al mundo en cómo nos relacionamos con los demás. Plantados en su amor, florecemos en Él: pecadores antes muertos que muestran su belleza a un mundo que anhela vislumbrarlo.







