«¡Te conozco mejor que tú mismo!». Cuando era joven, esto me aseguró una amiga. Sus intenciones eran buenas, pero mi vida complicada como hijo adoptivo de misioneros había sido moldeada en cuatro continentes y culturas. En realidad, ella no me conocía.
Zofar, un amigo de Job, sonó sabio al evaluar las dificultades de Job. «¿Descubrirás tú los secretos de Dios?», le preguntó (Job 11:7). «Están por encima de los cielos» (v. 8 rvc). ¿Quién podría discutir eso? Pero luego, Zofar se atrevió a hablar de algo que no podía conocer: el corazón de Job. Sin evidencia, proclamó: «si en tu mano hay iniquidad y la alejas de ti […], estarás firme y no temerás» (vv. 14-15 lbla).
Job respondió con sarcasmo: «con vosotros morirá la sabiduría. También tengo yo entendimiento […]; no soy yo menos que vosotros; ¿y quién habrá que no pueda decir otro tanto?» (12:2-3). La realidad de Job era tan compleja que ni él sabía lo que sucedía (ver Job 1–2). Dijo correctamente: «Con Dios están la sabiduría y el poder» (12:13). No provenían de Zofar, quien presumía tener autoridad y discernimiento que no le correspondían.
Nuestros amigos quizá necesiten nuestro consejo amoroso de vez en cuando. Pero, por lo general, los que están en crisis precisan que llevemos sus nombres en oración ante Aquel que los conoce de verdad.







