La generosidad de Esteban siempre me sorprendió. A menudo, compraba comidas y regalos para los miembros ancianos de la iglesia, los que limpiaban en su vecindario o cualquier persona que necesitara ánimo.
Igualmente sorprendente era que, aunque no era rico ni experto en inversiones, su pequeña inversión rendía de manera impresionante, lo que le permitía seguir dando. Siempre que alguien le agradecía, él señalaba hacia arriba y sonreía, como diciendo: «Vino de Dios, no de mí». Dios lo ayudaba a ayudar a los demás.
Pablo se refería a esto en 2 Corintios 9. Orgulloso de la disposición de los corintios para ayudar a otros creyentes (v. 2), esperaba recoger una ofrenda que habían comenzado a reunir (v. 3). Al instarlos a dar generosamente y con alegría, señaló que Dios no solo recompensaría a quienes daban (vv. 6-7), sino que también los bendeciría para que pudieran dar aún más (v. 8).
Dios no espera que demos lo que no podemos dar (2 Corintios 8:12). Más bien, nos confía dinero, tiempo o talentos para que «[abundemos] para toda buena obra» (9:8), y provee lo necesario para estar «enriquecidos […] para toda generosidad» (v. 11 rvc). Por eso, podemos dar con fe y un corazón alegre (v. 7), sabiendo que damos de lo que hemos recibido. Mientras tanto, glorificamos a Dios (v. 13).







