El tratamiento contra el cáncer de Nancy le provocó tantas úlceras en la boca y la garganta que ni siquiera podía tragar un trozo de pan. Durante muchos días dolorosos, tuvo que depender de la leche para llenar su estómago. Lo único que le sacaba una sonrisa era el gozo de conocer a Jesús… y sus nietos. Estar con ellos cada semana la ayudaba a no enfocarse en su situación. «Si no fuera por los niños, habría renunciado», dijo.
El apóstol Pablo también encontró gozo en Jesús y en los demás a pesar de sus dificultades. Su alegría provenía de Jesús y de vivir para Él. A pesar de estar encarcelado (Filipenses 1:13), encontró fuerzas para alentar a otros. Habló del gozo que produce compartir la buena noticia de Jesús y de saber lo que le esperaba tras la muerte (vv. 3-5, 18, 20). Esa confianza le permitió decir: «para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (v. 21).
Pablo podía regocijarse porque Jesús era su vida. Su satisfacción y seguridad no venían de posesiones ni de circunstancias, sino de saber que pertenecía a Cristo. Por eso, escribiendo en medio de las peores condiciones, pudo decir: «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» (4:4).
Que podamos encontrar gozo en Jesús, quien nos ama, nos cuida y nos fortalece para regocijarnos en cualquier circunstancia.




